6.3.06

Grafismos



Lo más importante que hago en el día es documentar las manchas sobre mi piel. Registro los cambios, hago las anotaciones pertinentes, dejo secar las Polaroid; las fecho y espero hasta el siguiente martes para hacer las interpretaciones. Cada jueves saco conclusiones que publico en una columna en el semanario Itch y doy alguna ponencia. Una vez al mes ésta se convierte en mesa redonda donde junto a algunos colegas analizo imágenes análogas, comparo resultados, busco patrones e intento decodificar toda esa cartografía en piel.
Los fines de semana pospongo mi actividad científica, selecciono las mejores imágenes y las cuelgo en la sala que la galería de arte contemporáneo me ha asignado permanentemente; soy artista. Mi exploración abarca las huellas que el tiempo y el contexto tienen sobre los cuerpos. Pero lo mío no es la figuración. He asumido que mi cuerpo es reaccionario, que tiene voluntad y talento propio. Pero sobre todo que su necesidad de expresión va más allá de mis mediocres habilidades sobre el lienzo: manchas, despigmentaciones, erupciones, resequedades, llagas, ampollas, inflamaciones y moretones son su lenguaje. Un lenguaje de metáforas fugaces y composiciones abstractas - con una cualidad tan poética y atemporal como lo es inquietante (para la mayoría, a mí no pasan de causarme distintos grados de incomodidad física). Pero esto se ha convertido en un problema: todo lo inquietante es extremadamente actual y cada vez existe más demanda que debo satisfacer. Ha surgido un culto de fanáticos que constantemente me acosan para: a) ofrecerme todo tipo de antihistamínicos y reactivos (persiguiéndome incluso hasta el baño para intentar embadurnarme con algún ungüento o sustancia y hacerse llamar artistas) o b) ofrecerme cantidades obscenas de dinero por un vistazo (los más aferrados me proponen la compra) de una porción de mi pierna, de mi cuello o de cualquiera de mis partes que presente siquiera el más vago indicio de reacción ante algún estímulo externo (exigiendo, encima, una garantía de que la obra no va a sufrir alteraciones). Eso sí, compran mis fotografías y me contratan para deambular en cueros por reuniones sociales de alta alcurnia para así observar con emoción como reaccionan las distintas superficies de mi cuerpo al ingerir los platillos más exóticos, al escuchar las ideas más aberrantes, al entrar en contacto con toda clase de materiales y de mascotas. Me abruma - demasiada expectativa. Comienzo a sospechar que esto compromete mi obra: he notado que las composiciones sobre mi cuerpo cada vez son menos afortunadas, poseen lenguajes menos sutiles, pierden en su cualidad abstracta, en su fuerza, y dan mensajes cada vez más vagos. He identificado inclusive algunas búsquedas fútiles y un par de agendas encontradas. Preocupada, acudo al dermatólogo.
"en el comer y en el rascar..." - dicho popular

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