11.9.06

Otro 9/11



La elongación de un hanami

I


Despertó en una cama que no era la suya, junto a una mujer que tampoco lo era, viendo el amanecer a través del cristal ámbar de una ventana que daba al oriente. Mientras el sol dibujaba extraños patrones sobre el muro opuesto a esa ventana, bajo su cabeza, percibió los desacompasados latidos de un corazón. La mujer le contaba algo que la había entristecido profundamente: hacía dos días, al llegar a su casa, había encontrado tres golondrinas del nido, su nido, desparramadas sobre el piso de barro. Había visto también cómo cientos de hormigas pequeñísimas desfilaban por el pasillo, esquivando los helechos. Sólo una de las aves, la más grande, había sobrevivido y miraba atentamente desde el cable de luz cómo el millar de hormigas negras aunaba esfuerzos, como contaba al unísono y cómo alzaba simultáneamente el cuerpo de una de las pequeñas aves caídas. Ella había estado a punto de desmayarse pero, temiendo que su suerte fuera semejante a la de la golondrina, que sobre los hombros de los millones de hormigas formadas se dirigía hacía algún destino incierto, se había encerrado en su estudio a sollozar.
Mientras la mujer hablaba y le acariciaba el cabello, su voz se hacía cada vez más ausente. No era la misma persona desde entonces, le aseguró; tampoco era la misma mujer de la noche anterior, pensó él. Ésta era una criatura pequeña y temerosa, su piel tenía el tacto de plumas finísimas; así, era fácil entender el terror a ser secuestrada por tan laboriosos insectos. No había terminado de escuchar la historia que ella contaba, cuando una lágrima tocó su piel. Sintió las hormigas también – subir por su cabeza, caminar por su cuerpo desnudo.

II


Esta vez las bombas habían estallado en Chicago, informó el noticiero. De todas las ciudades, aquella había sido su favorita, cuando aún le atraían las ciudades, antes de retirarse a aquel pueblo de México. Al parecer, tres artefactos habían sido detonados en downtown: los blancos habían sido el barco Chicago´s First Lady, las salas de arte contemporáneo del Art Institute que dan hacia Grant Park y la escultura de Miró frente al Daley Plaza. Una verdadera lástima. Durante su época de estudiante de economía había pasado días enteros recorriendo la ciudad a pie, en patines, en bicicleta y en metro. Sabía de memoria sus calles, sus edificios, sus callejones traseros y sabía, sin tener que confirmarlo en las cifras de los noticiarios, que las pérdidas eran cuantiosas e irreparables. Por el momento, ningún grupo se había adjudicado los atentados, sería cuestión de horas.

III


Normalmente, prefería pasar al florista la tarde previa al evento, de esta forma los crisantemos tenían tiempo para despertar del letargo inducido por la refrigeración. Acostumbraba también, la noche anterior, dejar a serenar el lomo con el romero dentro de un recipiente de porcelana; de esta manera éste tendría la firmeza exacta para mecharlo. Solía conceder importancia a los detalles, en especial, a ciertos detalles. Pero a pesar de haberlas adquirido el día anterior, esa mañana todas las flores amanecieron muertas; los pétalos marchitos cubrían el suelo.
Pensó que durante la tarde tendría que pasar a comprar más flores y que habría de acelerar el proceso de florecimiento utilizando algo más que agua tibia y azúcar. Afortunadamente, el lomo tenía una apariencia perfecta, y aunque no se sentía con ánimos festivos, era una tradición celebrar esta fecha con un picnic nocturno y su día habría de dedicarlo a concluir los preparativos.

IV

Se le había permitido hacer una sola llamada y la había utilizado para reportarse enfermo. De cierta forma, agradecía que al leerle sus derechos –y obligaciones- sus captores le prohibieran terminantemente hablar de su actual situación. Explicarle a los demás sería absurdo; nadie entendería. De esta manera, al condicionar su silencio, las hormigas le facilitaban un poco la vida.
No podría contar cómo había sido introducido al suelo por aquel enorme agujero que sus secuestradores abrieron junto a la fuente en el Jardín Principal, aprovechando que las lajas de cantera eran reemplazadas por el municipio. Tampoco podría contar cómo vio las torres de la catedral convertirse en agujas vistas a través de un lejano ojal. Ni cómo recorrió kilómetros de subsuelo en túneles apenas lo suficientemente anchos para albergarlo. Los demás se preguntarían cómo habría logrado raspar su nariz de esa forma; él no tendría una respuesta, se limitaría a sonreír.
Y aunque por el momento las hormigas aún lo tenían atado de pies y de manos, ya habían soltado el pedazo de cinta que lo amordazaba; querían información, más aun requerían acción. Sus dos opciones: acceder o ser abandonado en esa cámara subterránea que se convertiría en cunero de hambrientas larvas.

V

La había visto parada junto a él en un barco, en la proa. Desde ahí observaban las montañas-islas delante de sí. El viento era frío pero, el hecho de que el sol estuviera bajo y proyectara una luz amarilla sobre sus rostros, daba la impresión de que era una tarde cálida. Habían visitado un parque: Grant Park o el Parque Ueno, no le quedaba claro. Habían hecho un día de campo y grandes nubes de algún tipo de humo rosa se suspendían ante ellos.
Quizás era la falta de movilidad, la obscuridad total, los accesos de claustrofobia, la humedad o la premura con la que estaba aprendiendo de este nuevo mundo y de sus criaturas, pero intermitentemente caía en diversos estados de ensoñación, donde imágenes similares se repetían. Accedió a algo.

VI


Después de un tiempo indeterminado, pero eterno, ya no podía precisar -allá abajo el tiempo perdía el sentido y acá afuera nada lo tenía- había sido liberado. Finalmente podría resumir su vida provinciana. No tenía ni mucho que mostrar, ni mucho que ocultarle a los demás como signo de aquel tiempo de abducción. Ni se hubiese atrevido a ir en contra de las indicaciones de sus captores: ahora sabía que esos pequeños seres dependían de las criaturas fugaces y suicidas, como algunos tipos de pájaros y de ciertos corredores de bolsa prematuramente jubilados, para alimentar a las nuevas generaciones.
Un poco decepcionado por lucir pálido y bajo de peso, pero sintiéndose más animoso que nunca, decidió sacar el lomo del congelador y cumplir su misión. Esta noche participaría en la fiesta del pueblo. Pensó que, después de todo, el tiempo de su secuestro había sido como su lomo mechado: agridulce.

VII


Salió a la plaza, frente a la iglesia, a ver los fuegos artificiales. Como era costumbre en el pueblo, se tocó mucha música, muchos cohetes se detonaron. Según el noticiero de la CBS en un pueblo del centro de México hubo alguna especie de accidente. Se mostraban algunas imágenes donde la gente corría enardecida. Otras de esas imágenes mostraban a la muchedumbre que retiraba cuerpos, pasándolos por encima de las cabezas. Hubo tantas pérdidas, demasiadas vidas, aún no se determinaban cuantas.
Varios días después en el Sun Times aparecerían las cifras y publicarían cómo, en ese lugar, la comunidad sembraría un jardín. También ahí los cerezos florecerán.

VIII

A una semana de haberlas encontrado, aun le obsesionaban aquellas golondrinas.

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